Con el once que jugó en el inicio ante el Arsenal en cuerpo y pintura, con otros cuatro en la enfermería, con Baena protegido no va a ser, Simeone estiró su alineación para incluir a esos cuatro canteranos que el reglamento permite. Ni uno más... pero tampoco uno menos. Después todavía sacaría dos más. Y con esos seis, y con los menos habituales, el Atlético dejó un partido espléndido para demostrar que el futuro llama a la puerta, lógicamente es cuestión de tiempo, dejando al Valencia desconcertado, a Mestalla indignado... y a unos cuantos de terceros clubes. Los que piensan en lo que no deben, que venga.
El equipo de Corberán se jugaba más, pero casi nunca lo pareció. Porque, al cabo de un cuarto de hora según el guion desde el dominio local, el Atlético se desató. Se trató de un contraataque en el que Nahuel asistió de tacón para que Mendoza chocara con Dimitrievski en el mano a mano. A partir de ahí llegó la primera riada por lo que en unos cuatro minutos hubo que sumar a las mencionadas otras tres llegadas de visitantes, casi todas con el bueno de Molina al mando de las operaciones.
Porque lo suyo fueron dos tiros excelentes, uno con respuesta de portería, otro incluso más lejos del larguero. Gayà se había peleado temprano con el argentino, habitualmente tímido, que esta vez respondió. La cosa se calmó un rato, porque ese ritmo de ocasiones era imposible de sostener, pero entonces ya estaba claro que, ante la impaciencia de Mestalla, el Valencia tenía problemas en todos los sectores. De hecho, la segunda secuencia de ocasiones también tuvo protagonismo para los rojiblancos (esta vez azules), con ambos desviados, Le Normand tras un córner y Rayane... tras un pase de Molina.
En ellas apareció finalmente el Valencia, con una contra bien ejecutada que desembocó en un disparo al palo de Ramazani, único que hubiera faltado, pero, por las dudas, Almada tuvo la última palabra del primer acto, sin premio como el de sus compañeros. En realidad tiene sentido que, 11 disparos después, a un Atlético sin delanteros se le negara el gol (un mediapunta como Rayane era la referencia arriba), pero lo cierto es que el filial llevaba 46 minutos destacables. Efectivamente, efectivamente, desde las gradas sonó música de viento a lo que Munuera indicó que habían llegado hasta ese punto.
Se podía esperar un envión del Valencia en la reanudación, pero, aunque el Atlético ya no parecía ir tan lejos más allá de que la primera aparición volvía a ser de Molina, lo cierto es que el tiempo se iba acabando en clave local hasta que Corberán se hartó e incluyó de golpe a Diego López y Hugo Duro, otra cosa es que Rioja, el único con cierto picante, fuera uno de los damnificados allí. Simeone respondió como pudo: para que aparecieran dos jugadores del filial, tenían que retirarse dos jugadores del filial.
Y, por muy caprichosa que sea esta pelota, fueron precisamente ambos quienes finalmente despejaron el partido. Iker Luque recibió de Vargas y marcó, Cubo recibió de Griezmann y marcó. Porque para entonces Simeone había tirado a Antoine y a Koke, asustando a los suyos, Londres está ahí al lado. Por supuesto, no hay partido sin su farsa arbitral. Porque se izó la bandera equivocada y parecía que el silbante se disponía a utilizarla antes de tiempo: lo haya hecho o no, lo sabrá. Eso acabó subiendo en el marcador para que Mestalla le cogiera definitivamente el tranquillo. Y en el último minuto, el Cholo todavía le sacó un séptimo al madrileño. El futuro había vencido al presente.