Con el lema "Ni retirada ni rendición", el Sánchez-Pizjuán se vistió de blanco para convertirse de nuevo en el pulmón emocional del Sevilla, al que sostuvo en otra final agónica por la supervivencia. El equipo esta vez tiró de la épica remontándole el partido al Espanyol, en unos últimos minutos de delirio taquicárdico. Justo cuando los blanquirrojos estaban en su punto más crítico, detrás en el marcador y cerca de besar la lona, un arrebato de coraje de Andrés Castrín reconectó al sevillismo con un gol fuera del guion. Aprovechando el viento a favor, Akor Adams culminó la gesta con un tanto que provocó el estallido de júbilo. Tres puntos que pueden valer una permanencia (2-1).
Luis García Plaza ya dejó entrever que apostaría por el mismo once que venció a la Real Sociedad y así fue, con el 4-4-2 que ha asentado en el Sevilla en estas últimas jornadas. Por su parte, Manolo González también repitió alineación con el 4-5-1 que cayó ante el Real Madrid. Su Espanyol no conoce la victoria desde el 22 de diciembre y solo suma 6 puntos desde entonces, una caída libre a la que se suma la racha de quince años sin ganar en el Sánchez-Pizjuán.
El Sevilla llevó la iniciativa en el arranque aupado por su estadio. Si bien los focos se centran en lo emocional, cabe destacar la aportación de García Plaza desde la pizarra. Una vez más, recurrió a desplazamientos en largo buscando las espaldas de los laterales, así como volcó el ataque por la izquierda. Vargas, Isaac e incluso Maupay se acercaron a Ejuke con el fin de generar superioridades y por ahí fabricaron las primeras ocasiones. El francés prolongó de espuela un tiro de Gudelj sin darle dirección ni potencia, mientras que el suizo se internó en el área y fue derribado por El Hilali, pero Alberola Rojas lo consideró insuficiente para pitar penalti.
El Espanyol sufría ante la presión media-alta del Sevilla con otro derroche de esfuerzo de Isaac, que ensució el inicio de juego del rival. Sin embargo, a los locales se les apagó esa chispa del principio y acusaron sus imprecisiones, permitiendo que los visitantes se estiraran. Agoumé, parsimonioso en cada acción, se confió demasiado en la frontal de su área y perdió la posesión de forma grosera, obligando a que Odysseas realizara una buena parada a disparo de Edu Expósito. Los hispalenses espabilaron antes del descanso con tibios acercamientos, poniendo fin a un primer tiempo tan intenso como poco lustroso.
En el intermedio, Luis García Plaza repitió el cambio de Alexis por Isaac para ganar clarividencia en los metros finales. El impacto fue inmediato: en una jugada eléctrica de Ejuke por línea de fondo, el chileno marcó en su primera intervención, pero el VAR señaló fuera de juego. El aviso, lejos de espolear al Sevilla, dio paso a un tramo de desconexión. Una sucesión de errores en salida de balón -Suazo y Agoumé- y dos fallos de concentración puntuales -Kike Salas y Castrín- fueron castigados por Dolan, el más incisivo del Espanyol, que firmó el 0-1 y silenció Nervión.
Con el resultado en contra y el nerviosismo en ciernes, García Plaza intervino muy pronto tocando piezas. Retiró a un señalado Agoumé bajo la sonora pitada del público para sustituirlo por Sow, acelerando así la circulación de la pelota. Además, decidió refrescar ambos laterales quitando a Carmona y Suazo, bastante peor en la segunda mitad, y metiendo a Juanlu y Oso. "Nos han dado la profundidad que requería el partido", reconoció el técnico a la conclusión del choque.
A pesar de que el Espanyol fragmentó el ritmo del encuentro después de tomar ventaja, con varios futbolistas tumbándose en el césped, las modificaciones devolvieron algo de pulso al Sevilla. Castrín, Kike Salas y Sow movían el juego de banda a banda con más intención que efectividad, pues el equipo pecaba de cierta ansiedad en tres cuartos de campo: a Oso le costaba poner centros, los de Juanlu no encontraban rematador, Gudelj chutó varias veces a puerta sin mucho peligro y Alexis no estaba del todo preciso en el último pase.
García Plaza quemó las naves dando entrada a Akor Adams por Vargas. Pero el héroe emergió desde el corazón de la zaga. Tras vivir un curso de contrastes y consolidarse junto a Kike Salas, Andrés Castrín decidió rebelarse con una conducción impropia de un central: ante una defensa contemplativa, se coló hasta la cocina y batió a Dmitrovic. "Vi el espacio y me dije que tenía que sacar algo", explicó. Un gol de "arresto", tal como describió su entrenador. Un premio a la fe de un chico humilde que no solo ha sabido trabajar y esperar su oportunidad, sino que asume una gran responsabilidad en los contextos de mayor tensión.
"El gol de Castrín nos ha levantado a todos, ya no solo por el gol, sino por cómo ha sido", subrayó García Plaza. El empate reanimó por completo a un Sánchez-Pizjuán que olió la sangre. El Sevilla intensificó el asedio por los carriles y buscó constantemente la segunda jugada con balones largos hacia el tridente Alexis-Akor-Maupay. Con el Espanyol desarbolado y con todavía un cuarto de hora por delante, el camino hacia la remontada parecía que era cuestión de tiempo, aunque fuera más por coraje que por buen fútbol.
La épica del partido alcanzó su clímax en el tiempo de descuento. En el minuto 91, Castrín lanzó un balón largo hacia la medialuna del área del Espanyol, con las líneas demasiado separadas. Allí apareció Alexis de espaldas a portería, que descargó de primeras con calidad para Akor Adams. El nigeriano le pegó con fuerza con el interior del pie y superó a Dmitrovic, desatando la locura en Nervión. Los pericos se fueron arriba a la desesperada en varias jugadas a balón parado, pero los nervionenses protegieron su tesoro con rabia hasta el pitido final.
El triunfo del Sevilla supone un zarpazo a la clasificación. No encadenaba dos jornadas consecutivas ganando desde que doblegó a Rayo Vallecano y Barcelona en la primera vuelta, una estadística que rompe en el momento más oportuno. De esta forma, alcanza la barrera psicológica de los 40 puntos y supera a varios rivales en la tabla, entre ellos el propio Espanyol. Más allá de los números, la remontada es una inyección de moral. Castrín personificó a un Sevilla que ha recuperado el corazón, el orgullo y la fe en sí mismo.